El cansancio era lo de menos.
Me atormentaba, me consumía sentirla bajo mi nuca y que mi pelo se enredara en ella, como una trampa de la noche.
Cada tacto vacío era una puñalada, una bofetada sin mano que abría sin un ápice de congoja los poros disecados de mi piel.
Las paredes me observaban burlonas, con un gesto teatral, y la oscuridad bailaba un tango con el resplandor de la calle. Un tango sentío y desgarrao, o quizá fuera una melodía mecida al soul, una de ésas nacidas para una voz rugosa y melancólica. Nacidas para atraparte en una nube de humo opaco.
Y yo miraba hacia arriba, al frente, a izquierda y derecha. Y no veía nada, me perdía en la nube. Sólo sentía las manos desesperadas de la almohada que me pellizcaban sin piedad.
(...)
“Cuatro esquinitas tiene mi cama”… Y cuatro paredes que ahogan mi alma.
“Come on... cry to me”
-No me toques, no me mires, no me cantes al oído-, le escupí.
Y mi almohada sufrió a bocanadas, fue reblandeciéndose como una onza de chocolate bajo un sol redondo y brillante, fue callando sus palabras en un susurro lánguido y desierto.
Y murió.
Se volvió de un blanco puro que le daba al ambiente un halo angelical y que hacía daño a mis ojos.
Así que los cerré y dormí durante toda una noche su partida, la pérdida de mi almohada.




