Subió las escaleras palpando con su mano cada centímetro de la pared de cal, le gustaba notar el tacto áspero de los años y las costumbres antiguas, que se enraizaban en el ambiente imitando a la hiedra de la entrada.
Cada vez que visitaba la casa de los abuelos, un vendaval de vivencias barría con furia los recuerdos acumulados en su cabeza, era como retroceder en el tiempo atropellando los momentos. Todo seguía igual... pero con la ausencia invadiendo cada uno de los rincones.
No podía ocultar la nostalgia en sus sonrisas al recorrer la casa: el pequeño comedor con la chimenea cerrada que tantas veces provocó en ella la misma pregunta: ¿por qué no la usarán ya?, la vieja radio, el dormitorio de su madre y sus tíos, que resultaba increíblemente fresco hasta en las peores horas del verano, la cocina, refugio de las charlas femeninas, la placeta de atrás, con esos poyetes de piedra donde tan bien sabían los platos de arroz y hasta los potajes del Jueves Santo... ¿cuántas veces habría corrido por esas piedras con sus primas? ¿cuántas se habría quedado parada en la entrada de las casas abandonadas con una mezcla de curiosidad y temor?
Recordaba las reuniones familiares, siempre con ausencias, alguna incluso demasiado dolorosa y difícil de superar, pero siempre pobladas de barullo y risas a partes iguales. Hacía mucho que no se reunían, pero todavía le parecía oír a su madre distribuyéndolo todo, a su tío amenizando la fiesta y a una de las vecinas de siempre repitiendo a través de la envidia aquello de: Frasquita ¿quién te iba a decir a ti que en tu placeta cabían tantos coches?...pero sobre todo, oía el palpitar de los abuelos, que sentados el uno junto al otro, se apretaban orgullosos las manos como la última vez...


